Como las flores silvestres tampoco saben de rosas, existe la posibilidad de ofenderlas cuando se les habla de poesía, pues estas flores silvestres sólo están dibujadas a través de palabras como «dolor». En este sentido, son como la abeja de la clase trabajadora, la misma cuyo tiempo no les permite conocer a la palabra cultura. No en balde, conocen a sus pueblos, a sus barrios, es decir, a las extensiones de las ciudades de las cuales proceden; y por último, conocen a algo de sus propios países. Todos escriben y mandan cartas. Las cartas son sus propios países suspendidos en un hálito de pensamientos. No obstante, en esta misma dirección, ni las flores, ni las abejas, ni las personas tienen tiempo para la poesía. «Tiempo» y «ciudad» son lo mismo como lo es el concepto «espacio-tiempo». La ciudad, como también el pueblo de donde uno proviene, también es un estigma que se lleva en la carne cual registro temporal, esto es de interés y de saber, por ende es individualmente limitado. A veces, y por esta misma razón, a estas flores, abejas y personas, no les interesa saber algo más allá de lo maravillosa que es la vida, y lo feo que es el dolor. Ignorando que cada quien merece también disfrutar y quedarse con su propia miseria. Sucede algo parecido con la palabra «amor». La toman como algo que no puede pertenecer al dolor. También como el sinónimo perfecto de un viaje intimista hacia los rincones más profundos e insospechados de uno mismo, lo cual es cierto, y dicho viaje tiene como imperativo hipotético un «tener que amarse a sí mismo para poder ser amado por los demás». Cuando esto no es necesariamente verdad. El amor tiene ese extremo, pero en el otro, la palabra también nos invita a poder amarnos a nosotros mismos a través (y gracias) al amor que de los demás recibimos. ¿Qué podríamos descubrir de nosotros mismos si el otro no nos amase?
Por eso el amor es una palabra tan bella con dos extremos yuxtapuestos, o dos espejos diferentes, uno cóncavo y el otro convexo en los cuales nos podemos, y es necesario hacerlo.
Las cosas llegan a medida en que las palabras aparecen. El dolor llega en lo que nos dicen que ese pinchazo con una aguja se llama «dolor»; el amor llega cuando nos dicen que eso que sentimos por otro ser humano se llama así. Llegan. Sin importar el grado o la forma en que se midan. Llegan, se quedan en nosotros, nos moldean y es para toda la vida.
Verzweiflung [Desesperación]
Zweifel [Duda] Zwei [Dos]
Algunas palabras llevan dentro de su corazón a otras palabras
Dios tiene muchos nombres, y una máscara (personae) por cada uno. Hallar al verdadero nombre de Dios ha sido la tarea de algunos sabios a través de los milenios.
Los demonios por su parte, también todos tienen nombres, y a ellos se encuentran atados. Quienes saben la manera de nombrarlos por lo tanto podrán controlarlos.
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